Jueves, Febrero 27, 2020
   
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Resurrección

San Julián, ¡el último castillo!

Hay veces en que ser el último, lejos de no ser bueno, te puede dar un sitio en la historia. Aunque de ficción ¿Quién no recuerda al último mohicano? Y más cercano a nosotros,  aunque quizás menos conocida y por supuesto poco valorada –eran españoles- la gesta de los héroes de Baler, “los últimos de Filipinas”.

Hoy subimos a uno de los cinco castillos que tiene Cartagena. Si, ha leído bien ¡cinco! Ya sé que hay muchas ciudades que tienen su castillo. Las hay también con dos. Algunas –pocas- tienen hasta tres castillos. Cuatro ya es muy difícil de encontrar. Pero ciudades con cinco castillos…
Cada castillo de Cartagena tiene una historia que contar, aunque hayamos dejado que se vacíen sus estancias, se agrieten sus muros, se llenen de maleza sus patios de armas y lo que es peor, hayamos ignorado los hechos que constan en sus hojas de servicio.

El castillo de San Julián, situado a 260 varas de altura, o lo que es lo mismo 298 metros, el que a más altitud está construido. Pasa por ser el último castillo defensivo que se construyó en Europa, realmente tardó tanto en edificarse que se acabó construyendo sin saber para qué, ni por qué, tal vez solo porque había que terminarlo.

Desde antiguo se utilizó la altura del monte como atalaya para vigilar la llegada de enemigos, ya fuesen corsarios de Berbería, ya fuese el inglés. Y precisamente fue el inglés, en 1706, cuando Cartagena tomó partido por los Austrias en la guerra de sucesión, quien construyó la torre circular, que dentro del castillo ha llegado hasta nuestros días.

Con los años se fueron proyectando defensas en torno a esta torre, estableciendo baterías provisionales de cañones. Aunque desde 1795 el ingeniero Ordovás presenta varios proyectos para la construcción de un fuerte autónomo.

La necesidad de este fuerte, la pone de manifiesto en 1801 el ingeniero militar Manuel Caballero, quien llama la atención sobre la defensa de las baterías de costa del frente izquierdo, Trincabotijas y Santa Ana, así como la bahía de Escombreras y el puerto de Santa Lucía. En 1808, durante la Guerra de Independencia, todas estas recomendaciones del señor Caballero fueron tomadas en cuenta, estableciendo órdenes para que 700 hombres defiendan la posición.

Sin embargo los franceses hubieron de esperar 15 años para ollar el suelo del castillo, fue tras la rendición con condiciones del general Torrijos a las tropas de los Cien mil Hijos de San Luis. Aquí terminó el trienio liberal y comenzó una de las décadas más oscuras de la Historia de España.
En 1844, el castillo, que aún era de carácter provisional, fue tomado nuevamente, esta vez a punta de bayoneta por las tropas del Gobierno.

Durante el Cantón, como venía siendo costumbre entre los sublevados, se le cambia también el nombre a esta fortaleza, como a casi todo, dándole el nombre de un poeta fusilado en la cárcel de Ibi en 1869. Así podemos leer: “La Junta Soberana de Cartagena en su sesión de anoche, acordó por unanimidad, y á propuesta de los dignos defensores del castillo de San Julián, que dicho castillo se denomine en lo sucesivo de Froilán Carvajal, en conmemoración del sacrificio de este mártir en defensa de la federación española.

Salud y federación.
Cartagena 9 de Setiembre 1873.”

Dos meses más tarde, en el segundo día de bombardeo total e indiscriminado de los centralistas sobre la población de Cartagena. En concreto el 27 de noviembre, el gobernador del castillo muere al reventarse uno de sus cañones.

Y por fin, después de casi dos siglos, en 1883 el castillo de San Julián es acabado, mas por acabar lo ya empezado que por su utilidad, ya que hacía tiempo que no se había construido ningún castillo defensivo en Europa, pasando el de San Julián por ser el último castillo construido en el continente. Se le dota con grandes piezas de artillería “moderna” que son subidas con las fuerzas de multitud de penados.

No solo vio este castillo, nacer la Primera República de todos los españoles, y poco más tarde la primera y única República Federal Española, vigente por unos pocos meses, solo en Cartagena, sino que fue donde se parió muerta una segunda república en 1886.

En efecto, los cartageneros no siempre hemos sido tan abúlicos y complacientes con la situación establecida. Así a principios de enero de 1886, durante la noche, un grupo de ciudadanos toman el castillo enarbolando la bandera cantonal, la roja. Al alba se disparan sus cañones esperando respuesta de otras guarniciones, pero no la hay, los han dejado solos.

De anochecida, llegó el general Fajardo con un destacamento a las puertas del castillo, y de modo campechano intentó con aire conciliador que los allí encerrados depusieran su actitud, pero una descarga de fusilería fue la respuesta, cayendo herido el General y emprendiendo la huida los insurrectos, entre los que se encontraban Antonete y su hijo. Según biógrafos del murciano, él era -cómo no- el cabecilla de esta, su última aventura. Sin embargo, sí fue la última aventura de un obrero de la Maestranza (El Arsenal) que lejos de huir, volvió a Cartagena a responder de sus actos. Manuel Bartual acabó ejecutado tres meses más tarde junto a un compañero, a un tercero se le perdonó la vida por ser muy joven. La resistencia a la tortura y el silencio, como respuesta de Bartual en los interrogatorios, que buscaban hacerle delatar a sus compañeros, fue incluso elogiada.

También fue la última aventura del general Fajardo, a quien tres días después de caer herido, hubo que amputarle la pierna herida, devorada por la gangrena, Fajardo rechazó el cloroformo, pero  este esfuerzo no sirvió para salvarle la vida, falleciendo 15 días después.

En la esperpéntica España del 98, dado que estábamos en guerra con Estados Unidos y ante un posible ataque, se refuerza el castillo. Desgraciadamente el 20 de mayo, estallan 13.000 kilos de pólvora que estaba allí almacenada, causando 11 muertos y 62 heridos, así como la destrucción de parte del edificio.

En enero de 1909, y dado que es el castillo que a más altura está, se le coloca la primera antena de radiotelecomunicación. Esta, con motivo de la visita de Alfonso XIII a Melilla y poder estar comunicados con la ciudad africana. Y a finales de ese mismo año se realizan las pruebas de la batería de obuses General Ordoñez, situada junto al castillo. Que pasará a perder importancia estratégica para convertirse en alojamiento de los servidores de la batería y más tarde en penal de oficiales.

En 1982, el teniente coronel golpista, Antonio Tejero es condenado a cumplir su condena en este castillo, el guardia civil llegó a Cartagena y quedó confinado por un tiempo en la prisión naval de Lo Campano, a la espera de ser trasladado a la antigua prisión de oficiales, pero se desestimo hacerlo por no encontrarse en condiciones.

El abandono de las instalaciones por los militares, era cuestión de tiempo. En 1991, como contestación a una pregunta de un diputado en el Congreso, leemos: “La Gerencia de Infraestructura de la Defensa lleva a cabo actualmente conversaciones con el Ayuntamiento de Cartagena con vistas a la inclusión en un posible Convenio de la propiedad del Castillo de San Julián.
Madrid, 24 de enero de 1991
-El Ministro, Virgilio Zapatero Gómez.”

Sin embargo y aún a pesar de las expectativas el Castillo no pasaría a manos del ayuntamiento de Cartagena sino a las de Telefónica, que con dos privatizaciones, una en 1995 y otra en 1999 pasó a ser, de una empresa pública a privada, y con ella el estatus quo del Castillo que pasó a ser de público a privado.

En 1995 mediante un convenio del Ayuntamiento de Cartagena con Telefónica se dota de iluminación monumental al Castillo, aunque no duraría mucho, tampoco durarían mucho las puertas cerradas del castillo y con esa apertura de puertas vendría la entrada de vándalos y expoliadores, que unido al abandono y falta de mantenimiento hace que el deterioro progresivo se haya acelerado en estos últimos años, aunque en la página oficial del Ayuntamiento de Cartagena nos describan el castillo y su estado de la  siguiente manera

“Es el castillo de Cartagena con mayor altitud y el más moderno, siendo de estilo neoclásico ecléctico de la Escuela Española algo afrancesado. Doble entrada y puerta elevadiza. Durante la guerra de Sucesión, los ingleses al mando del Almirante Lake tras la conquista de Cartagena construyeron la torre cilíndrica de San Julián, hoy en el interior del Castillo, que venía fortificándose desde la segunda mitad del s. XVIII.
Objetivo: Defender la cumbre del monte de San Julián para evitar que fuera utilizado por el enemigo y dominar la bocana del puerto.
Se encuentra en excelente estado de conservación.”

Por su parte Telefónica, propietaria del castillo colabora con programas culturales de gran importancia, como el museo Reina Sofía o la digitalización de documentos con la Biblioteca Nacional de España.

Por su parte Telefónica, propietaria del castillo colabora con programas culturales de gran importancia, como el museo Reina Sofía o la digitalización de documentos con la Biblioteca Nacional de España.

Así mismo mantiene el Museo de la Fundación Telefónica en Madrid, el Museo de las Telecomunicaciones de Canena (Jaén),  el Museo Profesor Joaquín Serna de Historia de las Telecomunicaciones ETSITUPM Madrid, el Museo de las Telecomunicaciones EUITT – UPM en Madrid, el Museo Didáctico de las Telecomunicaciones en La Coruña, el Museo de las Telecomunicaciones UPNA en Pamplona, Museo San Telmo en San Sebastián y el Museo Postal y Telegráfico en Madrid

Y sin embargo en nuestro castillo, tan solo invierte poblándolo cada día de más antenas y en su mantenimiento. Olvidando la Ley, no solo la que le obliga como propietaria de un BIC a mantenerlo en condiciones y mostrarlo públicamente, sino también la Ley, en el árticulo 19 punto 3 de la Ley de Patrimonio histórico de 1985, (anterior a las actuales antenas)

“Queda prohibida la colocación de publicidad comercial y de cualquier clase de cables, antenas y conducciones aparentes en los Jardines Históricos y en las fachadas y cubiertas de los Monumentos declarados de interés cultural.”

Naturalmente y como no podía ser de otra manera, DAPHNE ya ha denunciado este hecho y pedido a la DGBC de la CARM que inste al propietario para la retirada de las antenas y la limpieza y consolidación del monumento.

¡Es tuyo! ¡es! Mío! ¡Es de todos! Comencemos a merecérnoslo, todo empieza por conocerlo, amarlo y no perdonar la desidia y el abandono a que nuestro patrimonio parece condenado.

 

A la sombra de la Catedral

Se cumple este mes de julio el ochenta aniversario del final de un proceso que duró siglos. Tan solo hizo falta una semana de sinsentido y locura, y cuatro idiotas venidos de fuera que junto a otros cuatro de aquí -la estupidez no es necesaria ir a buscarla fuera- y además de estos, unos cuantos “viva la Virgen” que los acompañaban, para que lograran sin saberlo, lo que su más odiado “enemigo” llevaba siglos intentando.

El gobierno municipal había puesto carteles para hacer ver que lo que allí había, era patrimonio de todos, e intentó que se supiera apreciar. Esto había funcionado antes, pero aquel día la ciudad estaba llena de gentes venidas de todas partes de la región, el día anterior una multitud había asistido al entierro del primer miliciano muerto en esta locura, que acababa de llegar a las vidas de los españoles para quedarse.

Aquel 25 de julio de 1936 ardieron casi todos los altares de la ciudad con toda la historia que atesoraban, ante una población en estado de shock. Pero no todos permanecieron quietos, ni todo se perdió. La basílica de la Caridad resistió el cerco de los energúmenos gracias al arrojo y la determinación del concejal de izquierdas Miguel Céspedes, que con la inapreciable ayuda de un grupo de damas de la noche del Molinete repelió la agresión.

Otro caso de lucidez lo tenemos en las juventudes comunistas, que sabiendo el destino que le esperaba a nuestra Catedral, ayudaron al cronista de la ciudad, Federico Casal, a poner a salvo las tallas de los Cuatro Santos de Salzillo y a la Virgen del Rosell.

Minutos más tarde la chusma pisoteaba y destruía parte de nuestra historia. Sin embargo no fue esta la causa de la ruina del templo, ni las bombas alemanas que meses después acabaron con su techumbre y algún muro, ni tan siquiera que estuviera desde entonces dejada de la mano de Dios y de su representante en esta tierra, o lo que es aún peor, que estuviera durante años en manos de diferentes ayuntamientos que lejos de cuidar o mantener, se dedicaron a expoliar.

Resulta sorprendente ver fotos del estado de la Catedral al acabar la guerra y compararlas con una de nuestros días. La devastación es casi total.

Pero con todo, la destrucción de nuestra Catedral, la de Santa María la Mayor lleva siglos fraguándose, desde aquel lejano año de 1291en que el tercer obispo de la restaurada diócesis de Cartagena, la más antigua de España, encuentra la excusa de la inseguridad de Cartagena frente a taques de piratas, para establecerse en otra ciudad, y con él, todo el poder y privilegios que correspondían a una sede episcopal ¡que no eran pocos¡ tantos que un pequeño pueblo podía convertirse en una gran ciudad a la sombra de la mitra de su obispo.

Justificada la marcha del obispo con argumentos peregrinos e incluso con bulas papales falsas y hasta algún asesinato, faltaba un detalle: borrar del mapa la catedral de Santa María la Mayor, la Catedral de la diócesis, lugar donde Roma establece la residencia de su obispo,

Se trabajó con entusiasmo en esta tarea, construyendo nuevos edificios en la nueva residencia clandestina del obispado, gracias a los diezmos y privilegios de que gozaba la Iglesia. Se construyeron conventos e iglesias, el palacio episcopal. Se domesticó el rio cercano encerrándolo entre muros con dineros del primer vecino de la ciudad, el obispo de Cartagena. Y sobre todo se construyó una iglesia grande junto a la que se levantó la torre cristiana más alta de España, solo superada por la Giralda, y a esta iglesia se le puso el nombre de la Catedral; Santa María la Mayor y poco después se la llamó catedral. Mientras la Catedral, la auténtica, se mantenía en pie, a pesar de la pobreza a que le sometía el olvido de su dueño. Varias veces amenazó ruina, e incluso llegó a tener derrumbes y estar cerrada al culto, varias veces fue reconstruida, hasta que la pudiente Cartagena de la fiebre de la Plata acometió su última restauración, la de Víctor Beltrí. El final de esta historia ya lo conocemos.

Sin embargo los cartageneros nunca se resignaron a su derecho a tener al obispo paseando por sus calles y sentándose en su silla, esa de las que solo hay una en cada diócesis, y que se halla en un solo sitio en una diócesis, en la única catedral de la diócesis. Catedral que sin permiso del Papa no se puede trasladar de una ciudad a otra, aunque sí dentro de una ciudad se pueda trasladar de un templo a otro. Y eso fue lo que intentó el pueblo de Cartagena, que hubo de pagar casi integra la construcción de una iglesia grande, aún inacabada, Santa María de Gracia, nacida con vocación de catedral, pero sin el cariño de su pater, un obispo huido que nunca pensó en estas cosas como Dios manda.

Y en esas seguimos, empecinados en borrar del mapa a la primera diócesis de España, aquella que Santiago dejara en manos de San Basilio en el año 37 y que dio hasta que la secuestraron diez obispos santos más a la cristiandad. Después del robo de la sede episcopal ni un solo obispo subió a los altares. Lo que mal comienza, mal acaba. Se sigue intentando, ahora, después de que por fin, hace ochenta años, un ejercito de descerebrados consiguiera convertirla en ruina, desprestigiarla, convirtiéndola en una atracción de feria. No en una catedral. No en la Catedral, sino en otra sala del exitoso Teatro Romano. Churras, merinas. Tocino, velocidad. Catedral, espectáculo, no todo es lo mismo, lo primero son maneras de confundirse, lo otro, maneras de confundirnos.

Menos mal que desde hace más de quince años un grupo de ciudadanos ha hablado siempre alto y claro, incluso a los tres Papas a los que han tenido que clamar justicia, en demanda de la total reconstrucción de la catedral de la diócesis de Cartagena y el culto en ella. El trabajo de la Plataforma Virgen de la Caridad merece toda nuestra admiración, un trabajo que regado por el copioso sudor de sus miembros va dando sus frutos, raquíticos y a veces ridículos frutos, ridículos como la voluntad de  los encargados de otorgarlos, a la fuerza, siempre a la fuerza.

Por todo esto, cuando leamos próximamente en los medios de papel que el obispado abre la Catedral para que pueda ser visitada, pensemos que quien realmente ha abierto esa puerta, ha sido la Plataforma Virgen de la Caridad. Gente que lucha por lo suyo, lo tuyo y lo mío.





 

Para hacer esta muralla… juntemos todas las manos

Apenas había pasado poco más de un cuarto de siglo desde que Cartagena se había echado un pulso contra España y lo había perdido. La ciudad había quedado devastada. De los 1.900 edificios con que contaba tan solo 27 salieron indemnes de la aventura. Estamos a principios del siglo XX y gracias a la riqueza mineral de la sierra de San Ginés una nueva Cartagena se levanta con orgullo, con el mismo con el que tantas veces se había levantado otras veces a lo largo de la historia.

Cabe pensar que tras la experiencia del Cantón se viera conveniente desmontar parte del sistema defensivo de la primera plaza militar de España y hacerla más asequible en caso de repetirse situaciones parecidas a las vividas por cuatro veces en el siglo anterior -1.810,1.823, 1.844 y 1873-  en las que las murallas y el sistema defensivo mantuvieron a raya durante semanas a los ejércitos sitiadores mandados por los diferentes gobiernos.

Se dio como inútil militarmente al Castillo de los Moros el 21 de noviembre de 1901 por Real Decreto. Tras 123 años de servicio, la jubilación de la piedra angular de la defensa de la ciudad, el castillo del Atalaya, vendría veinte años más tarde.

Pero era la muralla que ceñía la ciudad la que de verdad molestaba, ya fuera por lo expuesto o por la oportunidad de negocio de los especuladores que vieron en el ensanche de la ciudad la ocasión ideal de hacer buenos negocios.

Y así se demolieron muchos metros de muralla en pos del progreso y el ensanche de la ciudad, llevándose por delante todo el frente norte, la muralla de tierra junto con las tres puertas monumentales que daban acceso a la ciudad amurallada, las de Madrid, las del Puerto y las de San José.

Al máximo artífice de esta proeza, auténtico atentado contra el patrimonio, se le premió en el recuerdo poniéndole su nombre a una calle que parte desde el mismo sitio donde en 1.901 se presidió el derribo de la muralla, es decir, el Parque de Artillería. A esto le siguieron en 1.902 las puertas de Madrid.
Cuatro años más tarde, Ángel Bruna moriría, continuando su obra los alcaldes posteriores hasta finalizar en 1.916 con el derribo de las puertas del Muelle y de San José.

Afortunadamente quedó el pie la Muralla del Mar, que enlazaba con la de tierra que da a Levante, que desapareció de donde estaban las Puertas de San José. Poco más adelante aparecerió nuevamente la muralla rodeando el cerro de San José, en cuya cima las ruinas del fuerte caballero que las protegía clama atención y justicia. Y más adelante… de muralla, nada.

Sin embargo, la que posiblemente fuera la muralla más larga de España con casi cinco kilómetros, también rodeaba al Arsenal y gracias a ello siguió “en activo”. Esta muralla que parte del puente de la rambla de Benipila discurre por más de dos kilómetros para morir en los muros del castillo de Galeras. Su estado no es el mejor en muchos tramos, pero sí  que guarda su fisionomía original, con merlones y cañoneras y varios baluartes. La Muralla de Poniente es un tesoro desconocido pendiente de ser reconocido y puesto en valor, la limpieza y apertura de un sendero de subida al castillo, transitando por sus adarves y baluartes es un atractivo turístico más que enriquece la inmensa oferta del municipio.
Parte del recorrido ha de hacerse al pie de la muralla, por razones de seguridad nacional.

Pero esta no es la única idea que quiero aportar para, de alguna manera, remediar el desafortunado trato que le hemos dado a este monumento.

Cartagena puede volver a ser una ciudad amurallada, su centro histórico puede volver a estar ceñido por los muros que la hicieron inexpugnable. La idea no es nueva, ya se ha hecho en Berlín por ejemplo, e incluso aquí, en Cartagena. El botón de muestra lo tenemos en la antigua plaza de la lonja, frente a las puertas del Parque de Artillería, allí en el suelo se dibuja el contorno que tuvieron las defensas, bien es cierto que un poco más de contraste de color entre los materiales hubiera sido deseable para, utilizando el Google Maps poder apreciarlo con más detalle, sin embargo es bien útil para imaginar la proposición que quiero aportar. Se trata de un “trampantojo” en el que en la piel de la ciudad volviera a salir dibujado el contorno que tuvieron sus muros. Esto no solo sería visible desde el satélite, sino que sería palpable a pie, haciendo que los ciudadanos tomasen consciencia de la magnitud de aquella obra. Pero además este gran dibujo, sería la línea que delimitaría el casco histórico, casco histórico declarado BIC, y del que no hace mucho se olvidaron de su condición los responsables de guardar y preservar nuestro Patrimonio, convirtiendo al centro histórico de Cartagena en el más castigado y destruido en España desde el final de la Guerra Civil.

Resucitar nuestra historia es cosa de todos, tan solo el conocimiento de nuestras cosas nos puede llevar a amarlas primero y protegerlas después, ponerlas a trabajar será el siguiente paso, pero solo el amor y el respeto a nuestro patrimonio pueden hacer de todos estos monumentos olvidados una fuente de riqueza inimaginable. En nuestras manos está. ¡Hagámoslo posible!

   

Mira al Miral… y verás.

¡Ah!, ¿qué son ermitas?, me dijo hace años una persona, líder en Cartagena de un partido político, cuando le pedía que intercediera por estos monumentos. Fíjate que en verano paso todos los días por delante camino de la playa y me creía que eran construcciones de las minas, acabó confesándome. Normal, pensé yo, no porque se tratara de un político, sino porque se trataba de una persona normal, como la gran mayoría de nosotros que pasamos por miles todos los días por la autovía camino de La Manga entre el abandonado monasterio de San Ginés de la Jara y el desconocido monte Miral.

Al pasar, el viajero advertirá que hay tres edificaciones que trepan por el monte hasta coronarlo, en la primera de estas, en la poca fachada que a día de hoy le va quedando, se puede aún leer Ave Maria realizado posiblemente por sus constructores con piedras de hierro negras a modo de mosaico. Un poco más arriba, está la segunda ermita que era de planta circular hasta hace poco, en que se derrumbó media ermita. Y por fin, en lo alto del monte, la tercera, esta es de planta cuadrada y aún conserva en pie, de forma muy precaria, los últimos restos de su cúpula, en sus muros podemos leer en pintura blanca la palabra “Libertad” pintada no hace mucho por algún imbécil.

Sin embargo hay otras dos ermitas que por extraño que parezca han pasado desapercibidas, tanto para los que pasamos todos los días como para los que declararon en 1992 Bienes de Interés Cultural a estas ermitas del monte Miral, declaración que al parecer se debió hacer sin bajarse del coche.

A día de hoy el abandono es total, a pesar que desde hace un año hay una resolución de la Dirección General de Bienes Culturales de la CARM para que su propietario, la mercantil Portman Golf, invierta en obras de consolidación para garantizar tanto su conservación como la seguridad de las personas que las visitan. Sin que se haya movido un esparto desde entonces. Igualmente la DGBC de la CARM ha abierto un expediente para declarar Bien de Interés Cultural con categoría de sitio histórico todo lo que en 1992 fue declarado BIC incluyendo tanto estas dos ermitas “descubiertas” ahora, como posibles y previsibles futuros descubrimiento de toda índole, arqueológicos, paleontológicos o industriales.
Aún a pesar de estar heridas de muerte, no están muertas y son muchas las historias y misterios que aún nos pueden contar, depende de nosotros que así sea.

La leyenda cuenta de la venida de un noble francés de nombre Ginés, allá por el 800 de nuestra era, que tras naufragar en Cabo de Palos llegó al monasterio de San Laures, posiblemente San Lorenzo, el laurel) y pidió al abad del monasterio habitar en el monte que se levantaba junto al cenobio. Allí recibió la ayuda de unos ángeles que le ayudaron a levantar la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, cerca, a pocos metros tuvo su cueva y allí murió después de 25 años de oración y penitencia Ginés el franco, habiendo dejado sus rodillas impresas en la piedra sobre la que rezaba.
La realidad es que desde época muy temprana, quizás el siglo III, el monte estaba poblado por anacoretas refugiados en sus cuevas y dedicados a la vida contemplativa, esto se deja entrever de la cita del Codice Calixtino, cuando describe la llegada de la cabeza de San Ginés a Cartagena a principios de siglo IV.

Pero dejemos el terreno legendario y echemos mano de la historia. Al tiempo que se edificaba la actual iglesia del monasterio, hace 400 años, el cercano monte Miral se poblaba de eremitorios, nueve en concreto, destacando entre ellos por su antigüedad e historia la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles.

Tenemos noticias de la ermita de los Ángeles gracias al licenciado Francisco Cascales en su discurso histórico de la ciudad de Cartagena publicado en 1598. “… La octava ermita, y primera en tiempo, es la que intitula de los Ángeles, forma una pequeña cueva, que labró en su primera venida el glorioso Ginés, ayudado, según tradición constante, de los Ángeles…”. Cascales nos describe las ermitas dándole un orden, no sabiendo a ciencia cierta el criterio que siguió para enumerarlas, así la primera es la de San Pablo. Le siguen las de San Hilarión, San Antonio Abad, María Magdalena, San Jerónimo. La sexta está dedicada a San Juan Bautista, luego San Onofre y San Francisco de Asís, destacando entre ellas como hemos dicho la de Nuestra Señora de los Ángeles.

Diego Campillo de Bayle, en su novela ‘Gustos y Disgustos del Lentiscar de Cartagena’, editada en 1689, nos dice de esta ermita: “Ay en medio de ella en el suelo de la peña lugar hundido, vestigio como de dos rodillas, donde el Santo acostumbraba a tener su oración, de tanto peso, que hacia abajo abrumaba el monte; de tanto fervor, que consumía la peña… Está este lugar por la reverencia, por encima con un resguardo de una reja de hierro, como haciendo celosía al recatado milagro, para que no lleguen impuras plantas a donde llegaron soberanas rodillas…”

Poco después, apenas quince años más tarde, los franciscanos devolvieron el monte con sus ermitas al concejo del Ayuntamiento, en virtud de sus votos de pobreza.

A mediados del siglo XIX empezó el monte a poblarse de construcciones mineras que extraían el hierro de las entrañas del Miral, la mina Haiti era la que ocupaba el subsuelo de nuestras ermitas, la concesión estaba a nombre del empresario y naturalista  Guillermo Elhers, que tenía sus oficinas en la Plaza del Rey Nº 17, y además era el propietario de un hermoso jardín botánico con una colección riquísima de plantas acuáticas procedentes de Filipinas, en donde años más tarde se levantaría la Villa Calamari.

El señor Elhers vendió su concesión a la sociedad francesa Peñaroya, quien pasado el tiempo hizo lo propio con Portman Golf, de cómo y cuándo pasó la posesión de una concesión minera para extraer mineral del subsuelo a título de propiedad del suelo que antaño fue municipal, no he podido documentarme. Sin duda debió de ser legal, en unos tiempos en que la legalidad era un criterio muy ligado al poder y no necesariamente a la justicia.

La resurrección de nuestro patrimonio no es solo un derecho de la ciudadanía, sino un deber de todos. Hemos recibido un legado que estamos obligados a transmitir a nuestros descendientes. La historia no solo debe habitar en los libros, sino que debemos poder tocarla. Es imposible amar algo que no se conoce, por ello es vital recuperar estas ermitas y todo cuanto nos puedan enseñar.

 

El castillo de la muerte

Al oeste de la ciudad de Cartagena se extiende la sierra de Pelayo y en ella se alza el monte Atalaya coronado por el castillo del mismo nombre. Se accede al castillo, encaramado a una cota de 242 metros, por una carretera muy estrecha, de unos 3 metros de anchura, y una pendiente media del 14%   El recorrido total, flanqueado de profundos barrancos, es de unos 1.800 metros.

Construido en el siglo XVIII, de estilo Neoclásico ecléctico, es una obra "abaluartada" perteneciente a la "Escuela Española Afrancesada". Consta de dos alturas (plantas). La planta baja, de diseño pentagonal es maciza, y está rodeado de un "foso seco" con su correspondiente contraescarpa.  Se accede a esta planta por una puerta "en recodo" en la cara derecha del baluarte Sur. Tras la puerta, se accede a un zaguán, donde estaba el cuerpo de guardia, la estancia tenía un puente levadizo, hoy desaparecido, que cortaba las escaleras de acceso a las explanadas del techo de la primera planta, sobre el que se levanta un edificio con sus "bóvedas a prueba" y planta en forma de “U” abierta al sur, donde se alojaba la tropa y las municiones, siendo la plaza de armas la explanada delimitada por esta construcción, donde además estaban los dos aljibes. Para acceder a las terraza superiores de este edificio existía hasta hace poco una escalera de caracol hoy expoliada.                         

Desde tiempos muy antiguos esta elevación sirvió de atalaya, dominando todo el Campo de Cartagena y su ciudad, La Algameca y la sierra de Roldan. Tenemos noticias de esta utilidad como atalaya cuando el 4 de mayo de 1561, desde el puesto de vigilancia del monte del Atalaya se alerta del desembarco en La Algameca de 1.800 soldados otomanos, acude el marqués de los Vélez que derrota a los invasores en las cercanías de la rambla de Benipila. Más tarde, en 1706, durante la Guerra de Sucesión, los ingleses construyeron una pequeña fortificación en su cumbre.

En febrero de 1776 comienzan las obras dirigidas por Mateo Vodopich según diseño de Pedro Martín Zemeño y corregido por Llobet. Acabándose la obra en junio de 1778, el castillo contaba con 18 cañoneras y la posibilidad de instalar a barbeta otros cinco cañones, y capacidad para albergar 200 hombres.                    

Durante la Guerra de Independencia, en enero de 1811 el general francés Soult  desplegó su primera batería de cañones para sitiar y tomar Cartagena, en pocos minutos la artillería  del Atalaya  los aniquiló, desistiendo los franceses de volver a atacar la ciudad, y volviéndose a Murcia para saquearla por segunda vez. Cartagena fue junto a Alicante y Cádiz, las únicas ciudades no tomadas por las tropas de Napoleón.

Once años más tarde, después de ejecutado el general Riego y proclamado Fernando VII como rey absolutista, Torrijos negocia la rendición de Cartagena a las tropas francesas de los cien mil hijos de San Luis. Así el 4 de noviembre de 1823 se entregan a las tropas francesas los castillos de San Julián, Moros y Atalaya, terminando un asedio de varios meses.

Veintiún años después, nuevamente Cartagena es sitiada, y el día de San José de 1844, durante la noche, las tropas del general Roncali que cercan la ciudad,  toman el barrio de San Antón, haciendo trincheras y defensas. Por la mañana son barridos por el fuego del castillo del Atalaya a la vez que las tropas salidas de la ciudad reconquistan la posición.

Pero es durante la revolución cantonal cuando el castillo del Atalaya recibe el nombre de “El Castillo de la muerte”, dado su importancia estratégica y su certera puntería, durante los seis meses de vida del Cantón de Cartagena este castillo realizo 2.039 disparos con sus 24 piezas. El castillo del atalaya fue un baluarte inexpugnable, prueba de ello es que el 5 de enero 1874, después de cuarenta días de intenso bombardeo, las nuevas baterías de obuses de los centralistas consiguen hacer blanco por primera vez en los castillos de Atalaya y Galeras.

Después de la voladura del Parque de Artillería en Cartagena, con casi todas las reservas de pólvora del Cantón, el día de Reyes de 1874, la moral entre los defensores del castillo del Atalaya está muy baja, llegando a oídos de los sitiadores que, de no ser por el miedo a ser fusilados, ya se habrían rendido debido al duro castigo artillero que sufren y a la escasez de municiones para responder, por lo que se les ofrece el indulto a cambio de su rendición. Así al día siguiente, mientras el fuego de los sitiadores del Cantón es muy intenso, y de igual manera el de los sitiados, el castillo del Atalaya solo dispara piezas de pequeño calibre y sin la pericia y eficacia que había hecho estragos fechas anteriores, lo justifican por la falta de munición. Esa misma tarde el brigadier Carmona obtiene el permiso para ofrecer el indulto a los defensores del Atalaya a cambio de su rendición.

El 10 de enero se pacta en la venta de Los Patojos la rendición del castillo. La falta de munición, tras las voladuras de la Tetuán y del Parque, así como los nuevos obuses de gran calibre con que los centralistas les castigan, obliga a esta rendición oficialmente honrosa, “agotadas todas las posibilidades para su defensa”. Este es el fin del Cantón. A la mañana siguiente el castillo del Atalaya no luce ya la bandera roja de los cantonales, sino la roja y gualda de los centralistas.
Al atardecer de aquel día sale de la ciudad una comisión enarbolando una bandera blanca, marchando a Portmán donde manifestaron el deseo de la Junta de autorizar la salida de la ciudad de los civiles, a fin de evitar más derramamientos de sangre, pero se acaba pactando un alto el fuego hasta el mediodía del día siguiente, plazo dado por los centralistas para la rendición de la plaza, como así fue aquel 12 de enero de 1874. La caída del castillo del Atalaya fue la puntilla que acabó con el cantonalismo y con la Primera República, dicho sea de paso.

En 1885 se artilla con cuatro obuses de 21 cm y en 1922 tenía seis cañones de 15 cm.
31 de enero de 1968 El ministerio de defensa entrega al de Hacienda el castillo del Atalaya, en estado de total abandono y expolio desde entonces. En el ‘Plan general municipal de ordenación (Normas Urbanisticas)", aprobado el 9 de abril de 1.987 está catalogado con la consideración de Bien de Interés Cultural con el grado de protección 1. Además ya estaba declarado por la Disposición Adicional Segunda de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.

En 1973 se contempló por parte del Ayuntamiento hacerse con la propiedad del castillo para instalar un parque, pero tras un fugaz paso por los plenos municipales y la Prensa, la idea durmió hasta que en junio de 2014 apareció en Prensa la idea de cambiar el castillo a titularidad municipal, al igual que hace pocas fechas volvió a aparecer nuevamente esta “serpiente de verano”

El castillo hoy en día no tiene utilidad alguna, solo existen en sus inmediaciones antenas de TVE y RNE en lo que fuera el baluarte de defensa del camino y donde mucho más tarde se colocaría un reflector antiaéreo durante nuestra guerra civil

El castillo del Atalaya, pues, es patrimonio del Estado, de Hacienda, y Hacienda somos todos.

   

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