Jueves, Abril 02, 2020
   
Texto


Mezclando colores

Fue Goethe (1749-1832) quien, por primera vez y no exento de polémica, se refirió a la influencia subjetiva en la percepción del color, quitando ese exclusivo matiz físico al fenómeno tal como se hacía desde años antes gracias a los estudios de otro grande, Isaac Newton (1643-1727).

A Newton, entre múltiples contribuciones, se atribuye ser el primer científico que, mediante un sencillo experimento, logró revelar que la luz blanca se descompone en un abanico cromático. Para ello hizo pasar un haz solar por un pequeño agujero y seguidamente que atravesara un prisma. Era cierto que esa luz blanca era también de color roja, de color azul y así sucesivamente, según él, hasta de “siete” tonos distintos. Este ensayo, que causó fascinación en su época, nos puede servir de ejemplo para asimilar lo que también ocurre en el intelecto humano y así “psicologizar” igualmente su experiencia.

La mente en general, como el prisma de Newton, que realmente es ajeno al color, descompone todo lo que surge o entra en su conocimiento, pero porque plural es ya la naturaleza de lo que se recluye ahí. Posteriormente también la psique permite entremezclar, dando lugar, como los colores secundarios, a noveles e inesperados planteamientos que el sujeto siempre acaba por poner en ellos su sello de identificación personal en función de otros muchos factores. Como resultado y siguiendo con el símil cromático, es al fin y al cabo eso, en ese haz de “luz” (conocimiento) ya existe en el fondo todo un espectro inherente.

El fenómeno resultante que, como diría Schopenhauer (1788-1860) es fenómeno porque pertenece a nuestra representación, se hace así íntimo, quedando custodiado y protegido por nuestro sistema de defensa. Posteriormente tocará descubrirnos, revelación que, en forma de opinión o de acto, será la base para que la sociedad nos clasifique de esto o aquello, o lo que es peor, que por ello nos caiga alguna vez el peso la Justicia.

Esta reflexión explica las distintas y distantes opiniones que podemos tener las personas en temas como, por ejemplo, la eutanasia o el aborto, de constante actualidad y que seguimos empeñados en que acaben pereciendo, nunca mejor dicho, en un “sí” o un “no”. Nada más lejos. Cuestiones tales, no pueden polarizarse ni nunca podrán y por tanto su intento siempre va a continuar entre pancartas y polémicas, como poco. Igualmente, en este contexto se podría afirmar, como dijo el antropólogo americano Marvin Harris (1927-2001), que las “oposiciones binarias” son excesivamente simplificadoras. Estoy totalmente con él.

Es precisamente la pluralidad, aquel espectro, la que define al pensamiento humano y, si físicamente un ser es respetado, o eso decimos, igualmente lo debemos hacer con su designio, estemos con él o no. Y es que, en el fondo, todo planteamiento de base lleva ya implícita la variedad que es siempre cierta (la luz es roja, azul, verde, etc.). Si los colores son una propiedad intrínseca de la luz, en nuestro ser, distintos planteamientos lo son respecto a ese determinado conocimiento.

Similar es lo que ocurre en algunos Trastornos mentales, ya que en ellos y en contra de lo que piensan incluso muchos profesionales, no se puede establecer una clara frontera psíquica entre lo normal y lo patológico. Entre aquéllos, el ejemplo más claro serían los “trastornos” de personalidad, donde no siempre se puede hablar de individuo sano o individuo enfermo, otra oposición binaria. El fenómeno lleva más posibilidades dentro; otra vez estamos en el “espectro cromático”. De igual modo y como consecuencia, nos veremos comprometidos frente a la autoridad si ésta nos pide asesoramiento en tal materia, cuestionándonos si estamos ante un enfermo o no, dualidad que frente a la responsabilidad que representa, hace difícil decantarse.

La experiencia de Newton no acabó ahí. El estudio continuó por hacer confluir de nuevo los distintos colores allí surgidos, por medio de otro tipo de prisma, hasta volver a conseguir el haz de luz blanca. Igual que entró, salió. Después de aquel espectáculo de colores, todo resultó ser lo mismo.

 

'Ficticia libertad'

“La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños”
Friedrich Schiller (1759-1805)
…… y yo creo que tampoco ahí.

El egocentrismo contemporáneo ha ido encumbrado cada vez más al hombre hasta hacerle creer ser el eje de toda existencia universal. De él depende todo, o casi; es grande, es jefe, es dueño y en suma tiene poder por encima de cualquier cosa. Es consciente de su “voluntad” y de sus deseos, por lo que ingenuamente se cree libre, ignorando en el fondo las causas por las cuales hace “lo que quiere y en el momento que quiere”. Ha terminado por admitir que rasgos físicos como su color o su pelo, si es que tiene, parten de unos caracteres anteriores que han llegado a él por medio de eso a lo que llamamos genes, pero cree y convencido, que es libre en lo que piensa, en lo que quiere y también en lo que hace.
Nada más lejos. Arthur Schopenhauer (1788-1860), considerado como uno de los filósofos más influyentes de la historia del pensamiento y autor de “El mundo como voluntad y representación”, obra maestra que me enorgullece haber leído, ya lo plasmó en esta frase: “un hombre puede hacer lo que desee pero no puede desear lo que quiera”. Antes de seguir, aconsejo a mi lector repetir una y otra vez la expresión hasta entenderla.
Vivir implica constantemente decantarse por uno u otro camino, tomar una decisión de entre las dos que, decimos por eliminación, siempre quedan y que inocentemente creemos reflexionada y tomada de forma racional, muchas veces hasta presumiendo de ello, pero ignorando lo que sentenció otro gran genio antes que el de Danzig, Baruch Spinoza (1632-1677): “la mente es determinada por desear esto o aquello”.
En lo patológico, admitimos que la psicosis, ese estado tirano y extremo de enajenación mental, nos arrebata la libertad del Yo; pero siguiendo en este terreno, ya fuera de aquel brote, incluso los profesionales nos olvidamos que intentar conseguir un cambio profundo, lejos de una terapia cognitiva e incluso psicoanalítica, nunca está al alcance del paciente, siempre será en vano y que lo único que nos puede provocar es frustración y a ellos falsas esperanzas.
Pero las personas también obviamos que aun fuera de la enfermedad mental tampoco somos libres. Igual que no elegimos nuestros deseos tampoco elegimos nuestros gustos y nuestras creencias en general, como creencias religiosas e incluso, sin querer entrar en polémica, creencias políticas que nos hacen estar en uno u otro bando, sin en el fondo saber por qué y como consecuencia de ello, enfrentarnos. Tampoco elegimos nuestros actos, pues al igual, éstos se realizan en acorde a una necesidad interna que a su vez responde a factores inconscientes que no conocemos y que no podemos controlar. No se puede sostener de modo alguno que nuestra voluntad sea libre. No elegimos lo que somos, ni por fuera ni por dentro.
Hemos de desterrar ese concepto al que tan ligeramente llamamos libertad pues es algo ficticio, totalmente ilusorio. La elección se sabe de antemano, ya estaba cantada. Poder imaginar opciones posibles, no implica que las tengamos a nuestro alcance, no. Nuestro cerebro no es libre, no es una tabla rasa como otrora pensábamos; nacemos programados y nuestras decisiones son presa de esos algoritmos previamente fijados, exactamente igual como puede ser la talla adulta que alcanzaremos.
A nivel legal y considerando así la libertad como la facultad que tiene el hombre para obrar de una manera u otra, o incluso de no obrar, todo sistema judicial actual considera que la persona “sana” que ha cometido un delito podría no haberlo hecho y por lo tanto lo juzga como responsable de esa acción, basándose en que “ha actuado con libertad”. Pero, siguiendo todo lo expuesto arriba ¿por qué pagar por algo que realmente no he elegido?, ¿por qué ya no me discrimináis por el color de mi piel y sí por lo que he hecho y que yo tampoco lo hubiera querido así? ¿por qué rendir cuentas, si volviendo a Schopenhauer, esa y sólo esa era la posibilidad que estaba a mi alcance? Ahí queda.
Por último, si consideramos la frase de Elbert Hubbard (1856-1915) de que “la responsabilidad es el precio de la libertad”, al considerar supuesta y fabulosa a ésta, ¿somos entonces íntimamente responsables de nuestros actos?
Ficticia libertad, ya digo.

 

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