Sábado, Agosto 18, 2018
   
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Lo endógeno en psiquiatría

Pese a que la enfermedad en medicina general pueda tener un origen psíquico o somático, hay que admitir que la Medicina es siempre psicosomática porque el fenómeno global de la enfermedad y todo lo que implica en el ser humano, es en este sentido siempre dicotómico, psicosomático. En el caso de la psiquiatría, desde hace años, se habla además de un tercer término, lo que se conoce como 'endógeno'.

Endógeno es un concepto introducido en el año 1892 por el psiquiatra alemán Paul Moebius (1853-1907), basado entonces en el de degeneración, de Morel (1809-1873), que empleamos con mucha frecuencia los profesionales, y cuyo significado es preciso aclarar tanto al paciente como a la autoridad que podemos tener delante en el transcurso de una declaración pericial. Aunque históricamente ha sido un concepto muy debatido y al que se le han dado varias interpretaciones, en la práctica, y pese a haber sido desterrado desde la cuarta versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos mentales (DSM IV), con él todavía nos referimos a que el trastorno mental que padece el paciente 'surge' íntimamente en él, sí, con todo este matiz sorpresivo que representa el verbo, en contraposición a lo exógeno, que ya implica siempre una causalidad que afecta al cerebro directa o indirectamente, y por tanto con una etiología clara, que puede ser por una causa somática (somatogénesis) o como se decía antaño, de fundamento corporal, o por una psíquica (psicogénesis). Poniendo ejemplos, una depresión de origen somático puede ser aquella producida por la deprivación de hormona tiroidea debida a una alteración del tiroides, un trastorno delirante somático puede estar producido por un tumor cerebral, y una depresión con psicogénesis sería la que puede aparecer en el transcurso de una reacción de adaptación al duelo.

El 'surgir' de lo endógeno supone además, como dijo Eugen Bleuler (1957-1939), aceptar humildemente lo desconocido, “ese lugar donde se esconde nuestra ignorancia”, aunque las distintas investigaciones quieran demostrar lo contrario pretendiendo liberarlo así de la oscura y honda criptogénesis, de ese desconocimiento. Las tesis hereditarias, genéticas, y las constitucionalistas, al igual que otras, se acercan cada vez más a estos trastornos, pero son insuficientes, pues lo endógeno va más allá, es más enigmático, está en un plano más profundo, y es que endógeno, como apuntaba mi maestro el Profesor Barcia (1932-2018) no es criptogenético, “es otra cosa, perteneciente a un orden distinto”.

Siguiendo las observaciones de Hubertus Tellenbach (1914-1994), las características principales de estos abstrusos cuadros son, el carácter rítmico del acontecer patológico, su transcurrir distinto obedeciendo a una concreta cinesis (el maníaco se acelera y el depresivo se inhibe), así como su aparición en determinados momentos de la vida del sujeto o en épocas críticas de su maduración, y en general todo ello coincidiendo, como dijo Laín Entralgo (1908-2001), con el propio 'cambio vital'. En esta línea, la constatación del carácter periódico y en general, la forma de aparición de los trastornos endógenos, llevó a Karl Jaspers (1983-1969) a conceptualizar dentro de ellos, los conocidos términos (para nosotros) de proceso, fase o brote.

Todos estos fenómenos ligados al tiempo y al ritmo, son claramente observables en el caso de las psicosis endógenas por antonomasia, es decir, en la psicosis maniaco-depresiva, hoy trastorno bipolar, y en la esquizofrenia. Al margen y en referencia a todo ello, comentar que otra ciencia, la cronobiología, podría en el futuro, acercarse a dar una explicación más clara de estos periodos que aparecen en las citadas psicosis y que todavía nos tienen tan intrigados.

Igual que para la psiquiatría es importante conocer la endogeneidad o un diagnóstico etiológico del trastorno, siempre apuntando a un tratamiento y a dar un pronóstico, desde el punto de vista legal,  como sabemos, lo primordial es conocer si el sujeto juzgado, para el médico siempre un paciente, y en ese momento concreto de los hechos, era totalmente consciente de los mismos (tenía conocimiento pleno  de la realidad) y contaba a su vez con la capacidad volitiva intacta para cometer el hecho en cuestión.  Conocer lo que implica “endógeno” es igualmente primordial para un jurista, pues, desde su posición, le permite conocer la existencia de cuadros psiquiátricos que aparecen impuestos en un sujeto, incluso sin tener una personalidad premórbida, e igualmente estar advertido de unos estados y comportamientos posteriores que esa persona cuestionada podría seguir en el futuro. Asumir la existencia de esas características cronobiológicas es importante como predicción, en vista de, por ejemplo, a tomar unas medidas de seguridad tanto para el propio sujeto como para los demás.

Por lo general, los cuadros endógenos, como pueden ser los arriba citados, han constituido igualmente para el Derecho, el paradigma de la 'locura', siempre que se encuentren en actividad y se den las condiciones nombradas para ser estimadas como una enajenación mental en el sentido jurídico del término, repito: la profunda y duradera afectación de las estructuras cognoscitivas y volitivas del sujeto. Este tipo de trastornos, que claramente pueden eximir de responsabilidad, se alejan de aquellos otros como los simples estados de tristeza con tendencia a la inactividad, que sí, que hacen sufrir al paciente y a sus allegados, que también pueden precisar tratamiento psiquiátrico, pero que en definitiva, suelen ser irrelevantes en cuanto a su influencia en la imputabilidad penal, salvo si nos referimos a casos muy concretos como los delitos de omisión.

 

La querulancia desde el punto de vista psiquiátrico

* A mi bisabuelo, el jurista cartagenero Francisco Gómez de Castro, quien murió a la edad chopiniana de treinta y nueve.



El término 'querulante' deriva del latín 'querulus' ('que se queja') y con él tanto hacemos referencia de forma ordinaria a una persona 'normal' que muestra ansia por pleitear, como a aquella otra que presenta patológicamente una reacción hostil y reivindicativa por considerarse agraviada, sintiendo que se subestima el perjuicio causado. La Real Academia admite el concepto de querulante sólo como querellante patológico.

En general, un sujeto querulante presenta quejas, denuncias, querellas y contenciosos legales de forma constante, haciéndose una persona pesada y problemática para la Administración de Justicia a la que sin duda agobia y atasca de forma significativa. Clásicamente se ha dicho que, si la Medicina crea hipocondriacos, la Justicia crea querulantes, o, con otras palabras: el querulante es a la Ley lo que el hipocondríaco a la Salud.

Desde el punto de vista psiquiátrico pues, la querulancia puede formar parte como una característica más de la conducta de un individuo sin que haya una patología implícita, o puede presentarse de forma morbosa destacando, sobre todo, como un rasgo patológico en un trastorno de la personalidad, en un trastorno obsesivo o, incluso en caso extremo, como un trastorno psicótico. Conductas querulantes patológicas también podemos encontrar en otros muchos trastornos mentales, como en casos de manía, en el trastorno del control de los impulsos, en trastornos mentales orgánicos, etc. Precisamente, estas formas de presentación de la querulancia, unas más que otras, han sido englobadas por muchos autores, desde la perspectiva del Derecho, dentro de las llamadas 'Psicopatologías jurídicas', entendiendo éstas como “aquellos comportamientos del ser humano, motivados por un trastorno mental, que tienen incidencia considerable Administración de Justicia”, de ahí su importancia.

La querulancia en un individuo 'normal' responde a una actitud del sujeto como podría ser otra en otro contexto que condujera a una conducta de reivindicación, de persistencia, de tozudez, de pesadez por llevar siempre razón o de tener que salirse siempre con la suya. En estos casos, la postura y la acción querulante del sujeto, alcanza siempre una intensidad limitada, de 'perro ladrador..', y existe una baja instancia que actúa como freno, que le 'para los pies', lo que no quita que el sujeto en cuestión y precisamente por ser como es, se sienta contento con su protesta. 

Como trastorno querulante de la personalidad, considerando a éste como un subtipo dentro del trastorno de la personalidad paranoide, ya hay una relevancia más significativa, precisamente por ese característico patrón de desconfianza y suspicacia, de forma que ellos son siempre el objeto bueno, siendo malo todo lo que pertenece o sucede en el exterior, y en este caso concreto, la Justicia. En otros trastornos de la personalidad (antisocial, límite, etc.), puede existir querulancia también como rasgo patológico, pero en un segundo plano, dominando otros, que son los que definen el tipo concreto. Por definición, la actitud querulante morbosa que prima en la vida del sujeto con trastorno de la personalidad, le pasa la factura, salpicando a sus relaciones personales, familiares, sociales o laborales. Luchar por la causa “justa” puede implicar llevarle a situaciones tan extremas y reales, como perder el empleo por absentismo constante o a abandonar obligaciones familiares, que siempre les quedan por debajo de aquel objetivo.

El querulante obsesivo, puede reconocer que su conducta es en algún momento absurda, aunque no puede parar de seguir comportándose así, es terco, pero es más cobarde que el del caso anterior y sopesa más su actitud; duda, pero hay que ir para delante. Entre los querellantes patológicos, es el más cauto con las consecuencias.

Refiriéndonos ya a la presentación de la querulancia como idea psicótica, formando el delirio querulante como síntoma de una psicosis reivindicadora, aparece la creencia fija en el sujeto de que está siendo objeto de una conspiración, de que es engañado, calumniado, perseguido y obstruido en la consecución de sus metas. La pluma de Charles Dickens lo plasma muy bien en La casa desolada. La esencia de esa idea delirante es alguna injusticia percibida, a la que el sujeto hace frente por medio de la acción legal, y como tal, es falsa y totalmente irreducible por toda la argumentación lógica que le pudiésemos dar y durante todo el tiempo que lo intentásemos. El querulante psicótico no quiere que se imparta Justicia sino que se reconozca incondicionalmente su razón y su justicia. Así de claro.

En el DSM-5, la última versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), se sobreentiende que el delirio querulante queda englobado dentro del tipo persecutorio, sin hacer mención conceptual al mismo, al contrario de lo que sucedía, como así compruebo, en versiones anteriores, donde sí aparece claramente el término de “paranoia querulante”.

Si nos referimos a materia legal, en casos muy extremos podemos encontrar sentencias de incapacitación limitada, justificadas por la existencia de un delirio querulante, que privan la capacidad de obrar del paciente en los pleitos jurisdiccionales y en reclamaciones administrativas, nombrando a su vez un curador para completar su capacidad y que a su vez garantiza que siga el tratamiento psiquiátrico indicado por el especialista.

En general, la postura querulante, cuanto más patológica, más favorece que los procesos judiciales se conviertan en el eje de la vida de estos sujetos, y que se añada más intensidad al comportamiento pleitista, reivindicativo y oposicionista, pudiendo derivar en consecuencias como huelgas de hambre repetidas, autolesiones en forma de amenaza, denuncias de todo tipo a altas instancias gubernamentales y judiciales (de las que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se lleva la palma) e incluso heteroagresividad verbal y física hacia todo el personal funcionario de la Administración de Justicia que se le ponga por delante; éste lógicamente puede llegar a manifestar pánico situacional y conductas de ansiedad anticipatorias ante la presencia de estos sujetos. Por último, resaltar que la actitud de querulancia se llega a retroalimentar aún más en el caso de que las resoluciones judiciales hagan referencia a la actitud del demandante, enriqueciendo y sistematizando su delirio, ya que lo 'enciende' aún más, llevándolo a su vez a interponer nuevamente otro recurso con el objetivo añadido de defender su honorabilidad que la percibe cada vez más 'por encima de todo'.

 

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